miércoles, 21 de enero de 2009

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

Ahora, bueno ayer, se terminó la votación para aquellos interesados en representar a España en Eurovisión,y aquellos que tenían interés de ser el quinto miembro del jurado para las galas en las que se elegirá definitivamente el representante español.
Este año han aparecido artistas consagradas al mundo difícil de la música comercial con interés de representar a España, y se han llevado de calle los votos de la gente. Eso es razonable. Cantantes conocidas con sus propios clubs de fans y algún que otro apoyo de casa de discos.
Pero centrémonos en el Jurado. Se han presentado algo más de treinta candidatos. Todos ellos "Eurofans" que el año pasado protestaron groseramente hasta la sacidad de gargantas enrojecidas ,por abucheos y gritos de despropósitos lanzados sobre la figura del "chiquilicuatre" y su método de selección y apoyo."Que si la sexta no tiene derecho...."; "Que si ha sido amañada la votación..."; "Que si el director de RTVE era socio o familia de no se quién..." Pues bien, estos mismos que criticaban el apoyo de un ente a una persona, el pirateo de votos y demás infamias o verdades que se dijeron, han realizado este año en favor de ellos mismo aquello que tanto criticaban.
Así podemos ver que ha habido una lucha de organizaciones de eurofans por colocar el suyo como primero en la lista. La web de eurovision-spain se limitaba en su página a enlazar para votación del jurado aquel que ella misma a dedo designó. Obviando enlaces a otros miembros que se presentaban también.
OGAE, de alguna manera, también ha terminado colocando a quién quería entre los cinco vencedores. Y lo mismo ha ocurrido con AEV, otra asociación de "eurovisivos". Todo para que al final sean los otros miembros del jurado quien designen mediante una especie de "casting" entre esos cinco.
¿Y el resto? Esos otros que no se han abierto cuentas de correo electrónico de manera masiva; esos que no han contado con apoyo de páginas y asociaciones que no debían de haber caido en lo que criticaban.
Pienso que el resto del jurado -los cuatro miembros que RTVE ha designado- deberían de ver a todos los que se han presentado -que no son tantos- y elegir al que consideren mejor. Así aprenderemos a no ser "piratas de lo propio y defensores de lo ajeno". ¡QUE YA ESTÁ BIEN!

jueves, 19 de junio de 2008

¡Qué GRANDE eres?

El otro día pasé por mi banco para pedirle si me podía adelantar 1.500 euros con la garantía de mi nómina, que no llega a 700 euros mensuales. Es cierto que es poca cantidad lo que cobro, sin embargo, soy cliente en el banco desde el año 2002, y como tuve una tienda de informática que me fue bien, he llegado a tener en esa cuenta hasta 50.000 euros. Claro que luego vinieron unos meses de crisis, me quedé sin trabajo, y el que he encontrado ahora no es muy boyante en compensación económica.

Si viésemos un historial de la cuenta hay momentos en que ha estado en rojo; pero siempre, tarde o temprano se ha puesto al día. Ahora, la tengo en 31 euros al descubierto y una disposición de la tarjeta de crédito de 420 euros. Cada día, dos o tres veces, me llaman por teléfono los servicios centrales del Banco Popular. Mi cuenta está en Banco de Crédito Balear que pertenece al grupo. Cada día, la misma llamada. Incluso hay veces que descuelgo el teléfono y no me habla nadie, por lo que tengo que colgar. Siempre es un número oculto, “Buenos días, o tardes o noches… Le llamo de los servicios centrales del Banco Popular…” “… decirle que tiene un saldo descubierto de 31 euros, ¿Lo sabe usted?...”. Claro que lo sé… Y mejor que ellos puesto que es MI DINERO. Además me cobran intereses de demora y gastos de gestión de cobro –las llamadas, claro- Con lo cual los 31 euros se convertirán en los próximos días en cerca de cuarenta… Y siguen contando.

Lo de la tarjeta me preocupa porque ya es directamente la directora de la sucursal la que se dedica a recordármelo. Como sabe que trabajo en el pueblo y sabe donde. Aún estando retirado el lugar de la oficina del banco, intenta darme al encuentro comprando el periódico en la tienda que hay enfrente de mi trabajo, o el pan en la panadería de al lado. Cualquier cosa es buena para saludarme, no sin recordar lo que debo en el banco. SOY UN POBRE DESGRACIADO que es perseguido por una entidad bancaria a la que le debo 450 euros, y que, tarde o temprano, pagaré, no solo porque me considero una persona honrada, sino por el acoso y derribo al que estoy siendo sometido.

Los bancos manejan dinero ajeno, EL NUESTRO, el de cada uno de sus pequeños o grandes clientes, que para ellos, para su contabilidad es PASIVO. Y no obstante han olvidado tanto esto que es consideran nuestros acreedores.

Una vez en un documental de TV3 donde preguntaban a extranjeros que les extrañaba más de este país, uno de ellos, Sueco, comentó algo que llevo yo pensando desde hace tiempo. Lo que más le extrañaba era el trato que recibía de los bancos. Por lo visto en su país el que una persona confíe en una entidad bancaria para depositar sus dineros es algo que valora extremadamente la compañía. Aquí, nos tratan como si fuésemos a la cola del INEM, o a la de Hacienda cuando tenemos que pagar y, aún así, perdemos toda la mañana. Además, si en aquel país decides dar de baja una cuenta el banco intenta que no te vayas –que es lo que corresponde, puesto que tú eres el cliente-. Aquí no. Aquí reclamas cualquier pamplina de gasto que te hayan cobrado y se te ocurre decir que si no te quitan tal o cual comisión darás de baja la cuenta, y el banquero de turno se limita, sin hablarnos, a ofrecernos la solicitud de baja. SIN MÁS.

¿Porqué ocurre semejante despropósito? He reflexionado mucho al respecto. Puesto que a todo ello, un día, a las siete y media de la mañana, mientras tomas el café en el bar de siempre, y comienzas a leer el periódico, te sorprende y te hunde parte de tu futuro el siguiente titular: “VICENTE GRANDE HA SOLICITADO LA SUSPENSIÓN DE PAGO PERSONAL Y EMPRESARIAL”. ¡ANDA!. Y cuando lees más abajo el desarrollo de la noticia te enteras que debe más de 600 –SEISCIENTOS- millones –MILLONES- de euros –DE EUROS- , no de pesetas, porque si trasladamos el importe a lo que nuestra mente aún entiende son cien mil –CIEN MIL- millones –MILLONES- de pesetas –PESETAS-. Es decir la mitad de lo que costó el AVE de Madrid-Sevilla. O casi lo que costó las olimpiadas. Un solo empresario.

Necesitas todo un día para digerir esto. Vives el día como puedes, sin coche, porque está en el taller. Trabajas por siete euros la hora. Intentas olvidar el tema, porque en principio no parece que te influya demasiado. Vuelves a casa, compras un kilo de tomates para comer una ensalada –buenísima por cierto-, y unas hamburguesas caseras. Y lavas los platos, y friegas el suelo y te tumbas en el sofá. No sales porque las cuentas no te saldrían demasiado bien a fin de mes, y porque no tienes dinero para hacerlo. Y vuelves a recibir las llamadas del Banco Popular exigiéndote el pago de 31 euros de descubierto. Y para colmo cuando ves el correo tienes otra carta del banco diciendo que has de poner al día la tarjeta de crédito, que por cierto, teniendo un límite de 900 euros, el banco te la ha cancelado temporalmente hasta que liquides los dichosos 420 euros. En fin una vida normal y común como la del resto de la clase media española.

Supongo que al mismo tiempo que yo friego mi casa y mis platos la criada de Grande, el de la suspensión de pagos, les ha hecho la comida y está ahora metiendo los platos en el mega-fashion-lavavajillas. Parece demagogia, y lo es. La misma que utilizan ellos con nosotros. ¡EMPATADOS!

Al día siguiente, vuelvo al café, temprano, y en el periódico continúa el espectáculo. De los seiscientos millones de euros que declara deber ese señor, cuatrocientos son a entidades bancarias. ¿Cuántas veces le llamarán a su casa para reclamarle las deudas? Debe de haber todo un departamento pendiente a todos sus números de teléfonos, que no han de ser pocos.

De esa cantidad de millones, 110 se los debe a Sa Nostra. Una Caja de Ahorros. Una entidad que es pública, de todos nosotros. ¿Cómo puede ser que una entidad se niegue a darme a mí 1500 euros que le pido, y otra, pública, haya llegado a esa situación con ese señor?

Porque queridos lectores, si le aceptan la suspensión de pagos, pasan varias cosas:
1.- Los intereses de demora se congelan y no siguen subiendo el importe del capital. –A ver si a algunos de nosotros nos dejan siquiera interponer la posibilidad de declararnos en suspensión de pagos, aunque creo que yo lo intentaré-,
2.- Se nombran unos auditores, o interventores que cobrarán un dineral para ver si está todo en orden. –Ya sabemos que no lo está, POR DIOS. Todo esto es pura corrupción. POR DIOS. Es imposible que alguien llegue a esa situación si va con buenas maneras. POR DIOS.-
3.- Como es tanta la cantidad de la que estamos hablando, a ningún banco le interesa airear los filtros inexistentes y obviamente amiguistas por los que este individuo a logrado endeudarse de esta manera.
4.- Debida a la anterior apreciación, es evidente, que:
4.1. Vicente Grande, se irá por la puerta GRANDE de la economía balear, por haber toreado perfectamente a tantísimo sinvergüenza.
4.2. A mí me seguirán llamando cada día par reponer los 31 euros, y tal vez la tarjeta de crédito no me sirva nunca más aunque cancele la deuda.
4.3. Seguiré comiendo mi estupenda comida –es el único consuelo que me queda de todo esto, ya que él jamás la probará-. Seguiré lavando mis platos y fregando el suelo de la cocina.

De todas maneras, debemos de tener conciencia de que algo ha de cambiar en nuestra estructura bancaria donde alguien es capaz de usar el dinero de esa manera. Dinero que los bancos prestan. Dinero que depositamos todos en nuestras delgadas y frágiles cuentas corrientes. El pueblo, nosotros, los ímbeciles, los manejables, hemos demostrado a lo largo de la historia que cuando nos cansamos, nos sentimos ultrajados una y otra vez, juegan con la información, nos insultan desde las grandes empresas, las corporaciones y las administraciones. Nosotros, también tenemos un límite de “soportación”, y cuando ese límite se cruza, somos impredecibles, porque ya no somos manejables, porque ya no somos colectivo, sino individuos que conjuntamente y sin dejar de ser uno unido a otro y otro a los demás, conforman la protesta que a veces origina una revolución.
Tener cuidado. Estamos alertas. Y sobre todo estamos hartándonos. El límite está punto de ser cruzado.

¡Qué GRANDE eres?

Q

martes, 3 de junio de 2008

viernes, 30 de mayo de 2008

PARA MIGUEL EN SU QUINCUAGÉSIMO QUINTO CUMPLEAÑOS.

Proceso de amor al descubierto
sin retorno siquiera en infinito.
¡Qué tiempo duradero más hermoso!
Pues aún desde el cercano horizonte
que lejano casi corresponde,
vislumbro aún la felicidad de tenerte.
Dichoso soy con anhelo desolado,
que pretérito curaste las sombras
para presente olvidarlas
y futuro certero de felicidad,
al instante renovada.
Mirarte es observarme.
Escucharte es oirme
y tocarte es mimarme.
No hay luchas pertinentes
ni discusiones de disparates.
No existe a tu lado insomnes
esquinas de desconsuelo,
o luciérnagas sin alas y apagadas.
Pasearte es un placer derramado
que sella el infortunio cotidiano.
Tu existencia me autoriza
a anunciarme como persona,
y con tu grandeza de individuo,
y el amor que nos envuelve,
convertimos los conceptos
en realidades que se tocan.
Caminaremos pues por el resto,
por lo que queda,
que no es poca cosa.
Y reiremos con sonrisas de seda,
que enlazaremos como traje
de este amor, de esta pasión,
de esta manera de vivir
el trayecto infinito y sin equipaje.

sábado, 9 de febrero de 2008

CAPITULO II (Yo y mis coches)

Cuando yo iba a la universidad, allá por los años 80 del siglo pasado, lo hacía andando, en autobús, y las menos de paquete en una mobilete de algún compañero con posibles. Los únicos coches, que tampoco eran muchos, pertenecían al cuerpo docente. Ahora eso ha cambiado. Los alumnos tienen unos coches de 16 válvulas, rojos o negros, con ruedas de perfil bajo, tubos de escape de acero inoxidable, verdaderas máquinas; y son los profesores los que van en bus, en bicicleta y los más osados en moto.

Yo estudié empresariales, comencé a trabajar, y luego, al cabo de un par de años me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras –nombre precioso, por cierto- para comenzar los estudios de Historia General. Superaba a mis compañeros en cinco o seis años y ya me consideraron desde el principio el abuelo de la clase –sólo tenía entonces veinticuatro añitos-. Estaba ya en segundo de carrera, cuando un día, a la hora de comer, que acababa yo de llegar del trabajo, mi padre me puso encima de la mesa una llave plateada, superfina y endeble y me dijo:

- Juanito. Aquí tienes la llave de un coche que te he comprado esta mañana.

Me quedé estupefacto porque mis padres nunca han sido muy bondadosos a la hora de soltar dinero a diestro y siniestro; más bien han pertenecido siempre a lo que se llama vulgarmente “la cofradía del puño”.

- Era de un compañero que me lo ha vendido muy barato. Sólo me ha costado quince mil pesetas. No se como estará de motor pero al menos anda. Pruébalo a ver si te sirve, y sino, lo venderemos como chatarra y le sacaremos seguro más dinero.

Ya decía yo. En algún lugar estaba el truco. Así que, terminé de comer y bajé a ver semejante máquina. Si arrancaba y lograba rodar me lo llevaría esa misma tarde a clase. Era un Diane 6, color azul –no se muy bien el tono. ¡Hay tantos azules!, aunque creo que podría definirse como “azul gimiente” por el aspecto desgarbado y cansado que tenía-. Introduje la llave en la puerta, giré, y se abrió; más bien se descolgó hacia fuera sin necesidad de tocarla. “Apertura automática” –pensé. Los asientos de un color blanquecino y de un material por el que debía ser felicitado el químico que aisló semejante textura. Me senté, me estiré para cerrar la puerta que lo hizo con la valentía suficiente como para zarandear todo el vehículo de un lado a otro y me quedé un instante viendo lo que me rodeaba. El volante, grande, como tocaba. El cambio de marcha era una palanca situada en medio del salpicadero. “A ver, girando a la izquierda y hacia delante la primera, hacia atrás la segunda, empujando y girando a la derecha la tercera y hacia atrás la cuarta”. “¿Y la marcha atrás”. “¡Ah, sí! Girando mucho más a la izquierda y hacia delante”. Todo controlado… “¿Y el freno de mano?”. “¿Dónde está”. El asiento delantero era corrido de puerta a puerta, igual que el de atrás. Miré por todos sitios y no lo encontré. Al final recordé que esos coches lo tenían pegado al lado izquierdo del vehículo delante de la puerta. Así era. Una especie de gatillo grande que había que apretar para desbloquearlo, como si fuese una pistola de silicona. Coloqué el espejo retrovisor interior, bajé la ventanilla con una manivela que temía se me quedase en la mano y ajusté también el retrovisor exterior, una especie de tubo de hierro pegado a la carrocería unido mediante bola de acero a un espejo plateado de desproporcionado tamaño para lo poco que mostraba.

Lo puse en marcha. El sonido era tan suave que me hacia dudar si tendría la suficiente fuerza para moverse por sí mismo sin necesidad de ningún otro empuje extra. Apreté el embrague hacia el fondo, coloqué la palanca de cambios en la posición de la primera, y pisé sobre el acelerador sin que el motor me demostrase excesivo entusiasmo. Intenté salir del aparcamiento haciendo las mínimas maniobras posibles dado que carecía, como casi todos los coches de la época, de dirección asistida. Cuando giraba el volante se podía escuchar cómo las ruedas gemían en su deslizamiento por el asfalto. A la derecha, hacia delante, freno, a la izquierda hacia atrás, freno. Otra vez a la derecha, hacia delante, freno, y otra vez a la izquierda hacia atrás y freno. ¡Agotador! Por fin logré salir y encaminarme a la facultad. Sería el único alumno con coche. El traqueteo de los pocos caballos de que disponía el vehículo y su extraña suspensión me transportaba al tiempo de las calesas. Cada vez que frenaba las ruedas quedaban atrás y todo el habitáculo seguía su inercia de movimiento en un vaivén pendular de adelante hacia atrás como si de una atracción de feria se tratase; me encantaba, por cierto.

Cuando llegué y lo aparqué me percaté de que el capó que debería de tapar completamente el motor no sólo no cerraba bien sino que dejaba ver las entrañas del vehículo. No lo había visto antes. Para intentar mantenerlo más o menos en su sitio, una cadena entre el guardabarros y él con un enorme candado lo obligaban a permanecer cerrado. Claro, que si sólo había una llave... ¿Dónde estaba la del candado?

La cuestión fue que sólo pude hacer dos viajes a la facultad. En el primero, a la vuelta a casa, mientras llevaba a unos compañeros que ejercían su peso natural sobre la endeble carrocería del citröen aplastándola con gracia desmedida, al subir la cuesta de La Catedral, se descolgó el tubo de escape. Y el dulce sonido de un motor débil pero con brío se convirtió en el ensordecedor rugido de un fórmula uno en plena competición, eso sí, con velocidad incoherente. Para colmo en la cola, al rozar el metal con el suelo unas chispas aderezaban el espectáculo, ante la mirada inoportuna de un Policía Local que en aquel momento, nunca antes y nunca después, intentaba, sin conseguirlo, como siempre, regular el escaso tráfico.

- ¡Pare! ¡Pare! –rugía con su garganta descompuesta.

Aún si haberle escuchado era evidente que el próximo gesto mío iba a ser una parada repentina de urgencia súbita. Mis compañeros se mofaban de la escena, y no eran pocos pues habíamos decidido que subirían al coche tantos como pudiese aguantar el león –que así llamábamos al vehículo, y que ahora hacía honores no sólo por su valentía sino por el gutural rugido al que nos estaba siendo sometido-.

Aquel día cada uno tuvo que volver a su casa de su manera habitual y yo envié el coche a arreglar. Cuando estuvo, durante una semana más sirvió perfectamente al cometido para el que se fabricó en su día –hacía ya bastantes años-. Y justo cuando decidimos por unanimidad en una votación de la clase, que lo pintaríamos como mascota del segundo curso de Historia, en la misma cuesta donde se le descolgó el tubo de escape, y con el mismo público interior, se le descolgó el motor y tuvo que pasar a mejor vida. El coche ha muerto, dijo alguién. ¡Viva el Coche! Contestamos todos.

viernes, 1 de febrero de 2008

YO Y MIS COCHES

Capítulo I

El primer coche que tuvo m padre fue un SIMCA 900, ya ven ni siquiera podía hacer el amor en él porque le faltaban 100 centímetro cúbicos. Era de color blanco “hueso” que es el que le gustaba a mi madre. Al fin y al cabo son las mujeres las que eligen finalmente el coche de la familia, aunque ellas no conduzcan y siempre digan que no entienden nada de nada al respecto. Todo empieza así:

- Cariño, creo que necesitamos un coche. –Le dice el marido de manera discreta cuando la ocasión sea la más factible.
- Bueno. –Le contesta ella, como dejando claro que le da exactamente igual.

Él ya ha estado en varios concesionarios y lleva mirando catálogos más de un mes. Sueña con caballos de potencia, colores deportivos y velocidad. Ilusionadamente le va mostrando a ella todas las opciones, todas sus fantasías. Y lo que empezaba siendo un semideportivo de color rojo, ruedas con llantas espectaculares y más caballos que la diligencia de John Ford, termina siendo un monovolumen de color gris, diésel y con menos caballos que el carro de Moisés.

Pues eso, blanco “hueso”, para mí, blanco “sucio”. Tenía formas totalmente cuadradas, antiestéticas y antidinámicas. Estrecho, con motor trasero, sillones de escai color crema pastelera; o mejor, color natillas, incluida la canela. Y aún así nos encantó cuando lo vimos por primera vez. Era todo un sueño tener un coche, fuese cual fuese. Dejaríamos de ir al pueblo en autobuses conectados en Sevilla, luego en Mérida, después Trujillo, y finalmente un trasto con cuatro ruedas nos llevaría a Las Huertas. Vivíamos en Cádiz y era todo un suplicio ir a visitar a los abuelos; o al menos eso creíamos entonces.

Llegó el primer verano, las primeras vacaciones con coche. Agosto, cinco de la madrugada –a mi madre siempre le ha gustado madrugar para viajar, o no dormir que es lo mismo-. Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano, mi abuelo y yo. Todos acumulados en el SIMCA. Las maletas en el pequeño maletero delantero, en la baca, entre las piernas de mi abuelo y encima de mí. Mi hermana aguantaba a mi hermano de ocho años encima de ella. Era una especie de minimudanza. ¿Listos? Preguntaba mi padre. Nosotros casi sin poder respirar, magullábamos tímidamente un: “espera que Juanito –yo- está aún entrando”. Mi madre, sentada evidentemente de copiloto, también llevaba entre las piernas toda la comida dispuesta para el largo camino. Bocadillos de panceta frita, merenderas con huevos duros, tortillas de patatas, pan, agua, vino, refrescos, y algún que otro guiso a medio hacer para terminarlo de cocinar al llegar.¡Qué barbaridad!

Motor en marcha, arranque y a recorrer cuatrocientos cincuenta kilómetros por la Ruta de la Plata. Antes llegar a Sevilla. El horno de España. El día, fuese cual fuese el año, se mantenía siempre en la misma temperatura: rondando los cuarenta grados a la sombra. Mi hermano nos lo turnábamos detrás para evitar trombos en las piernas y ahogos innecesarios para la edad que teníamos. Las ventanillas abiertas de par en par. El aire caliente que al penetrar en nuestros alvéolos los calentaba innecesariamente. Sudor, ahogo, pero en coche.

Los kilómetros pasaban uno tras otro, lentamente, grabados sobre mojones de las antiguas mestas extremeñas. Baches, curvas, más baches, y más curvas. Cuestas. La de La Media Fanega, la más empinada. Allí debía demostrarse la eficacia de los ingenieros de Barreiros. Esos escasos caballos cargados arremetían la subida con un ronroneo digno de ser grabado para la posteridad. Poco a poco, despacito. Una curva a la derecha con la señal de no circular a más de veinte. ¡Qué tontería! Como si pudiésemos rozar siquiera esa velocidad. Creo que a veces íbamos más despacio que un burro obstinado en no subir. Ya termina, ya parece que empieza la cuesta abajo. Se siente un gorgoteo. Será el agua del radiador cociendo como si quisiese convertir el vehículo en una locomotora a vapor. Poco a poco. Mi padre casi empujaba el acelerador. Las ruedas se notaban aplastadas contra el hirviente asfalto. Plas, plas, plas. Y al fin llegamos. Ahora, cuesta abajo. El vehículo cansado, agotado, quería jolgorio, necesitaba liberar el cansancio y se lanzaba en una vorágine de triunfo, y se negaba a frenar. Nos balanceábamos de un lado hacia otro y mi hermano parecía un muñeco de tómbola que nos golpeaba ya con sus huesos bien formados produciéndonos verdaderas marcas en nuestras sudorosas y más que templadas carnes.

Después de semejante suplicio tocaba parar a un lado para comer. Cuando salíamos nuestras piernas tenían tan grabadas en sus músculos la postura que el cerebro se tomaba demasiado tiempo para informarlas de que ya no estábamos dentro. Lentamente estirábamos nuestros cuerpos con el único fin último de enderezarlos. Una calor sofocante. Chicharras que jamás se cansan las criaturas de buscar pareja, si es lo que hacen, que no lo tengo claro. Pînos, rocas, tierra y sol. Lo mejor para comer. Desmontar la baca para bajar la mesa de playa. Llenarla de comida. Torreznos, pan, y todo lo demás. Y mientras intentamos masticar los apelmazados a recalentados bocados, bichos voladores de todo tipo nos rodean preparados para un ataque final de batalla perdida Con la sangre tan caliente miles de mosquitos alertados por algún desalmado aterrizan sobre nuestros brazos, cuellos, piernas y demás lugares donde la piel asoma con ansia para recoger el aire que le falta. Y a recolocarnos en el SIMCA otra vez. Algo difícil volver a retomar la posición. Ahora, visto desde fuera, parece imposible que todo lo que hay fuera alguna vez fuese dentro.

Enlatados enfilábamos los últimos doscientos cincuenta kilómetros. Después de comer, somnolencia, más calor, y más mal cuerpo. Mi madre hablaba y hablaba sin parar para intentar que mi padre no cerrase los ojos, porque dormir dormía, eso era inevitable; aunque lo hiciese despierto. Mi hermana se ponía pálida y cuando estaba a punto de desfallecer, vomitaba por la ventana y parábamos un ratito más para que ella pudiese recuperar de alguna manera el poco color que le quedaba. En el horizonte, llanuras secas y campos amarillentos que alguna vez, quien sabe cuando, pudieron ser verdes. Rectas largas con firme descompuesto por el calor descomponían los amortiguadores una y otra vez, una y otra vez.

Ya estamos en Almendralejo; ahora viene el desvío hacia Mérida por la Nacional V, la que lleva de Madrid a Lisboa. Un pueblo largo, casi un espejismo en la tierra yerma y caliente de un día en el que el sol hace conciencia de su existencia. Son las cuatro de la tres de la tarde, casi doce horas desde que salimos. No importa ya nada. Ni el calor, ni el cansancio, ni el sudor, ni los vómitos, ni el aire, ni el ruido. Estamos en trance. Hemos entrado en el mundo de la irrealidad. Todo parece un sueño y la languidez se ha adueñado de la parte trasera del coche. Incluso él mismo parece de plastilina. Bastantes horas después llegamos a Mérida. Luego a Trujillo, y cuando el sol comienza a apiadarse de nosotros llegamos a nuestro pueblo. A Las Huertas. Ya está, el coche ha cumplido su función. Nos ha arrastrado hasta allí sintiendo a cada instante el dolor del camino. Lo ha logrado y se merece un descanso. Nosotros nos bajamos como podemos, uno tras otro, o tal vez otro tras uno, no lo se.

Aún el suplicio que pasábamos en aquellos tremendos viajes, los recuerdo con cierta melancolía. Ahora todo es mucho más rápido. Ya no hay carreteras estrechas sino autovías. La Cuesta de la Media Fanega casi ha desaparecido. No se puede parar ya en el arcén para comer porque no existe la posibilidad de hacerlo. Tenemos aire acondicionado que nos refresca o incluso nos enfría en pleno verano. Ya el viaje no es una aventura.

El SIMCA 900 nos duró bastante, y en él aprendí a conducir a manos de mi padre en un descampado –cuando los había- cerca del mar. Supongo que parte de aquel color blanco “hueso” fue a parar a algún otro coche por el milagro del reciclaje, tal vez, o eso quiero creer, forma parte del que ahora uso y me haya reconocido recordando viejos tiempos y acompañándome en estos viajes diarios de mi casa al trabajo.