sábado, 9 de febrero de 2008

CAPITULO II (Yo y mis coches)

Cuando yo iba a la universidad, allá por los años 80 del siglo pasado, lo hacía andando, en autobús, y las menos de paquete en una mobilete de algún compañero con posibles. Los únicos coches, que tampoco eran muchos, pertenecían al cuerpo docente. Ahora eso ha cambiado. Los alumnos tienen unos coches de 16 válvulas, rojos o negros, con ruedas de perfil bajo, tubos de escape de acero inoxidable, verdaderas máquinas; y son los profesores los que van en bus, en bicicleta y los más osados en moto.

Yo estudié empresariales, comencé a trabajar, y luego, al cabo de un par de años me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras –nombre precioso, por cierto- para comenzar los estudios de Historia General. Superaba a mis compañeros en cinco o seis años y ya me consideraron desde el principio el abuelo de la clase –sólo tenía entonces veinticuatro añitos-. Estaba ya en segundo de carrera, cuando un día, a la hora de comer, que acababa yo de llegar del trabajo, mi padre me puso encima de la mesa una llave plateada, superfina y endeble y me dijo:

- Juanito. Aquí tienes la llave de un coche que te he comprado esta mañana.

Me quedé estupefacto porque mis padres nunca han sido muy bondadosos a la hora de soltar dinero a diestro y siniestro; más bien han pertenecido siempre a lo que se llama vulgarmente “la cofradía del puño”.

- Era de un compañero que me lo ha vendido muy barato. Sólo me ha costado quince mil pesetas. No se como estará de motor pero al menos anda. Pruébalo a ver si te sirve, y sino, lo venderemos como chatarra y le sacaremos seguro más dinero.

Ya decía yo. En algún lugar estaba el truco. Así que, terminé de comer y bajé a ver semejante máquina. Si arrancaba y lograba rodar me lo llevaría esa misma tarde a clase. Era un Diane 6, color azul –no se muy bien el tono. ¡Hay tantos azules!, aunque creo que podría definirse como “azul gimiente” por el aspecto desgarbado y cansado que tenía-. Introduje la llave en la puerta, giré, y se abrió; más bien se descolgó hacia fuera sin necesidad de tocarla. “Apertura automática” –pensé. Los asientos de un color blanquecino y de un material por el que debía ser felicitado el químico que aisló semejante textura. Me senté, me estiré para cerrar la puerta que lo hizo con la valentía suficiente como para zarandear todo el vehículo de un lado a otro y me quedé un instante viendo lo que me rodeaba. El volante, grande, como tocaba. El cambio de marcha era una palanca situada en medio del salpicadero. “A ver, girando a la izquierda y hacia delante la primera, hacia atrás la segunda, empujando y girando a la derecha la tercera y hacia atrás la cuarta”. “¿Y la marcha atrás”. “¡Ah, sí! Girando mucho más a la izquierda y hacia delante”. Todo controlado… “¿Y el freno de mano?”. “¿Dónde está”. El asiento delantero era corrido de puerta a puerta, igual que el de atrás. Miré por todos sitios y no lo encontré. Al final recordé que esos coches lo tenían pegado al lado izquierdo del vehículo delante de la puerta. Así era. Una especie de gatillo grande que había que apretar para desbloquearlo, como si fuese una pistola de silicona. Coloqué el espejo retrovisor interior, bajé la ventanilla con una manivela que temía se me quedase en la mano y ajusté también el retrovisor exterior, una especie de tubo de hierro pegado a la carrocería unido mediante bola de acero a un espejo plateado de desproporcionado tamaño para lo poco que mostraba.

Lo puse en marcha. El sonido era tan suave que me hacia dudar si tendría la suficiente fuerza para moverse por sí mismo sin necesidad de ningún otro empuje extra. Apreté el embrague hacia el fondo, coloqué la palanca de cambios en la posición de la primera, y pisé sobre el acelerador sin que el motor me demostrase excesivo entusiasmo. Intenté salir del aparcamiento haciendo las mínimas maniobras posibles dado que carecía, como casi todos los coches de la época, de dirección asistida. Cuando giraba el volante se podía escuchar cómo las ruedas gemían en su deslizamiento por el asfalto. A la derecha, hacia delante, freno, a la izquierda hacia atrás, freno. Otra vez a la derecha, hacia delante, freno, y otra vez a la izquierda hacia atrás y freno. ¡Agotador! Por fin logré salir y encaminarme a la facultad. Sería el único alumno con coche. El traqueteo de los pocos caballos de que disponía el vehículo y su extraña suspensión me transportaba al tiempo de las calesas. Cada vez que frenaba las ruedas quedaban atrás y todo el habitáculo seguía su inercia de movimiento en un vaivén pendular de adelante hacia atrás como si de una atracción de feria se tratase; me encantaba, por cierto.

Cuando llegué y lo aparqué me percaté de que el capó que debería de tapar completamente el motor no sólo no cerraba bien sino que dejaba ver las entrañas del vehículo. No lo había visto antes. Para intentar mantenerlo más o menos en su sitio, una cadena entre el guardabarros y él con un enorme candado lo obligaban a permanecer cerrado. Claro, que si sólo había una llave... ¿Dónde estaba la del candado?

La cuestión fue que sólo pude hacer dos viajes a la facultad. En el primero, a la vuelta a casa, mientras llevaba a unos compañeros que ejercían su peso natural sobre la endeble carrocería del citröen aplastándola con gracia desmedida, al subir la cuesta de La Catedral, se descolgó el tubo de escape. Y el dulce sonido de un motor débil pero con brío se convirtió en el ensordecedor rugido de un fórmula uno en plena competición, eso sí, con velocidad incoherente. Para colmo en la cola, al rozar el metal con el suelo unas chispas aderezaban el espectáculo, ante la mirada inoportuna de un Policía Local que en aquel momento, nunca antes y nunca después, intentaba, sin conseguirlo, como siempre, regular el escaso tráfico.

- ¡Pare! ¡Pare! –rugía con su garganta descompuesta.

Aún si haberle escuchado era evidente que el próximo gesto mío iba a ser una parada repentina de urgencia súbita. Mis compañeros se mofaban de la escena, y no eran pocos pues habíamos decidido que subirían al coche tantos como pudiese aguantar el león –que así llamábamos al vehículo, y que ahora hacía honores no sólo por su valentía sino por el gutural rugido al que nos estaba siendo sometido-.

Aquel día cada uno tuvo que volver a su casa de su manera habitual y yo envié el coche a arreglar. Cuando estuvo, durante una semana más sirvió perfectamente al cometido para el que se fabricó en su día –hacía ya bastantes años-. Y justo cuando decidimos por unanimidad en una votación de la clase, que lo pintaríamos como mascota del segundo curso de Historia, en la misma cuesta donde se le descolgó el tubo de escape, y con el mismo público interior, se le descolgó el motor y tuvo que pasar a mejor vida. El coche ha muerto, dijo alguién. ¡Viva el Coche! Contestamos todos.

viernes, 1 de febrero de 2008

YO Y MIS COCHES

Capítulo I

El primer coche que tuvo m padre fue un SIMCA 900, ya ven ni siquiera podía hacer el amor en él porque le faltaban 100 centímetro cúbicos. Era de color blanco “hueso” que es el que le gustaba a mi madre. Al fin y al cabo son las mujeres las que eligen finalmente el coche de la familia, aunque ellas no conduzcan y siempre digan que no entienden nada de nada al respecto. Todo empieza así:

- Cariño, creo que necesitamos un coche. –Le dice el marido de manera discreta cuando la ocasión sea la más factible.
- Bueno. –Le contesta ella, como dejando claro que le da exactamente igual.

Él ya ha estado en varios concesionarios y lleva mirando catálogos más de un mes. Sueña con caballos de potencia, colores deportivos y velocidad. Ilusionadamente le va mostrando a ella todas las opciones, todas sus fantasías. Y lo que empezaba siendo un semideportivo de color rojo, ruedas con llantas espectaculares y más caballos que la diligencia de John Ford, termina siendo un monovolumen de color gris, diésel y con menos caballos que el carro de Moisés.

Pues eso, blanco “hueso”, para mí, blanco “sucio”. Tenía formas totalmente cuadradas, antiestéticas y antidinámicas. Estrecho, con motor trasero, sillones de escai color crema pastelera; o mejor, color natillas, incluida la canela. Y aún así nos encantó cuando lo vimos por primera vez. Era todo un sueño tener un coche, fuese cual fuese. Dejaríamos de ir al pueblo en autobuses conectados en Sevilla, luego en Mérida, después Trujillo, y finalmente un trasto con cuatro ruedas nos llevaría a Las Huertas. Vivíamos en Cádiz y era todo un suplicio ir a visitar a los abuelos; o al menos eso creíamos entonces.

Llegó el primer verano, las primeras vacaciones con coche. Agosto, cinco de la madrugada –a mi madre siempre le ha gustado madrugar para viajar, o no dormir que es lo mismo-. Mi padre, mi madre, mi hermana, mi hermano, mi abuelo y yo. Todos acumulados en el SIMCA. Las maletas en el pequeño maletero delantero, en la baca, entre las piernas de mi abuelo y encima de mí. Mi hermana aguantaba a mi hermano de ocho años encima de ella. Era una especie de minimudanza. ¿Listos? Preguntaba mi padre. Nosotros casi sin poder respirar, magullábamos tímidamente un: “espera que Juanito –yo- está aún entrando”. Mi madre, sentada evidentemente de copiloto, también llevaba entre las piernas toda la comida dispuesta para el largo camino. Bocadillos de panceta frita, merenderas con huevos duros, tortillas de patatas, pan, agua, vino, refrescos, y algún que otro guiso a medio hacer para terminarlo de cocinar al llegar.¡Qué barbaridad!

Motor en marcha, arranque y a recorrer cuatrocientos cincuenta kilómetros por la Ruta de la Plata. Antes llegar a Sevilla. El horno de España. El día, fuese cual fuese el año, se mantenía siempre en la misma temperatura: rondando los cuarenta grados a la sombra. Mi hermano nos lo turnábamos detrás para evitar trombos en las piernas y ahogos innecesarios para la edad que teníamos. Las ventanillas abiertas de par en par. El aire caliente que al penetrar en nuestros alvéolos los calentaba innecesariamente. Sudor, ahogo, pero en coche.

Los kilómetros pasaban uno tras otro, lentamente, grabados sobre mojones de las antiguas mestas extremeñas. Baches, curvas, más baches, y más curvas. Cuestas. La de La Media Fanega, la más empinada. Allí debía demostrarse la eficacia de los ingenieros de Barreiros. Esos escasos caballos cargados arremetían la subida con un ronroneo digno de ser grabado para la posteridad. Poco a poco, despacito. Una curva a la derecha con la señal de no circular a más de veinte. ¡Qué tontería! Como si pudiésemos rozar siquiera esa velocidad. Creo que a veces íbamos más despacio que un burro obstinado en no subir. Ya termina, ya parece que empieza la cuesta abajo. Se siente un gorgoteo. Será el agua del radiador cociendo como si quisiese convertir el vehículo en una locomotora a vapor. Poco a poco. Mi padre casi empujaba el acelerador. Las ruedas se notaban aplastadas contra el hirviente asfalto. Plas, plas, plas. Y al fin llegamos. Ahora, cuesta abajo. El vehículo cansado, agotado, quería jolgorio, necesitaba liberar el cansancio y se lanzaba en una vorágine de triunfo, y se negaba a frenar. Nos balanceábamos de un lado hacia otro y mi hermano parecía un muñeco de tómbola que nos golpeaba ya con sus huesos bien formados produciéndonos verdaderas marcas en nuestras sudorosas y más que templadas carnes.

Después de semejante suplicio tocaba parar a un lado para comer. Cuando salíamos nuestras piernas tenían tan grabadas en sus músculos la postura que el cerebro se tomaba demasiado tiempo para informarlas de que ya no estábamos dentro. Lentamente estirábamos nuestros cuerpos con el único fin último de enderezarlos. Una calor sofocante. Chicharras que jamás se cansan las criaturas de buscar pareja, si es lo que hacen, que no lo tengo claro. Pînos, rocas, tierra y sol. Lo mejor para comer. Desmontar la baca para bajar la mesa de playa. Llenarla de comida. Torreznos, pan, y todo lo demás. Y mientras intentamos masticar los apelmazados a recalentados bocados, bichos voladores de todo tipo nos rodean preparados para un ataque final de batalla perdida Con la sangre tan caliente miles de mosquitos alertados por algún desalmado aterrizan sobre nuestros brazos, cuellos, piernas y demás lugares donde la piel asoma con ansia para recoger el aire que le falta. Y a recolocarnos en el SIMCA otra vez. Algo difícil volver a retomar la posición. Ahora, visto desde fuera, parece imposible que todo lo que hay fuera alguna vez fuese dentro.

Enlatados enfilábamos los últimos doscientos cincuenta kilómetros. Después de comer, somnolencia, más calor, y más mal cuerpo. Mi madre hablaba y hablaba sin parar para intentar que mi padre no cerrase los ojos, porque dormir dormía, eso era inevitable; aunque lo hiciese despierto. Mi hermana se ponía pálida y cuando estaba a punto de desfallecer, vomitaba por la ventana y parábamos un ratito más para que ella pudiese recuperar de alguna manera el poco color que le quedaba. En el horizonte, llanuras secas y campos amarillentos que alguna vez, quien sabe cuando, pudieron ser verdes. Rectas largas con firme descompuesto por el calor descomponían los amortiguadores una y otra vez, una y otra vez.

Ya estamos en Almendralejo; ahora viene el desvío hacia Mérida por la Nacional V, la que lleva de Madrid a Lisboa. Un pueblo largo, casi un espejismo en la tierra yerma y caliente de un día en el que el sol hace conciencia de su existencia. Son las cuatro de la tres de la tarde, casi doce horas desde que salimos. No importa ya nada. Ni el calor, ni el cansancio, ni el sudor, ni los vómitos, ni el aire, ni el ruido. Estamos en trance. Hemos entrado en el mundo de la irrealidad. Todo parece un sueño y la languidez se ha adueñado de la parte trasera del coche. Incluso él mismo parece de plastilina. Bastantes horas después llegamos a Mérida. Luego a Trujillo, y cuando el sol comienza a apiadarse de nosotros llegamos a nuestro pueblo. A Las Huertas. Ya está, el coche ha cumplido su función. Nos ha arrastrado hasta allí sintiendo a cada instante el dolor del camino. Lo ha logrado y se merece un descanso. Nosotros nos bajamos como podemos, uno tras otro, o tal vez otro tras uno, no lo se.

Aún el suplicio que pasábamos en aquellos tremendos viajes, los recuerdo con cierta melancolía. Ahora todo es mucho más rápido. Ya no hay carreteras estrechas sino autovías. La Cuesta de la Media Fanega casi ha desaparecido. No se puede parar ya en el arcén para comer porque no existe la posibilidad de hacerlo. Tenemos aire acondicionado que nos refresca o incluso nos enfría en pleno verano. Ya el viaje no es una aventura.

El SIMCA 900 nos duró bastante, y en él aprendí a conducir a manos de mi padre en un descampado –cuando los había- cerca del mar. Supongo que parte de aquel color blanco “hueso” fue a parar a algún otro coche por el milagro del reciclaje, tal vez, o eso quiero creer, forma parte del que ahora uso y me haya reconocido recordando viejos tiempos y acompañándome en estos viajes diarios de mi casa al trabajo.